Germán los convocó a las seis de la tarde. La reunión era en el bosquecito. Todo el lugar estaba rodeado por un muro similar al que protegía el resto del barrio. En la entrada había un portón. Era el sitio preferido por los Jóvenes.
-Para matizar la reunión había bebidas, hierbas y pastillas. Los Viejos estaban trabajando y el único que permanecía en el country era Wang Lung.
Pitu se sentó entre las piernas de Federico. Germán preguntó:
-¿Qué, hoy te toca a vos?
-¿Estás celoso? -desafió Pitu-.
-Bueno, paren –dijo Pilar-. No estamos acá para ver quién se acuesta con quién.
-Ok, ya todos saben la noticia –apuró Germán-. La cacería queda a cargo nuestro y mañana es jueves, vamos a organizarnos.
-El juez quiere carne tierna –recordó Joana-. Por más milagros que haga Chinatoy a él le resulta todo una porquería.
-Tenemos que pensar algo para divertirnos -opinó Eliseo-.
-Tengo todo pensado –canchereó Germán- ¿Les cabe una sorpresa?
-Confiamos en vos. Si la sorpresa no es buena te la damos entre todos -fue el aporte, entre risas, de Paul-.
-Ok. Y relájense. Mañana a las diez nos vemos. Vamos con dos camionetas.
-¡Qué bueno, ya quiero salir! -gritó Lucrecia-.
- Bueno, tranqui. Vení, desahogá tu ansiedad conmigo.
Germán se acostó en el pasto, prendió un cigarro que recién había armado y se bajó
el cierre. Lucrecia empezó su faena y con la boca ocupada no habló por un rato. Eliseo, arrodillado detrás de ella, desplegó sus dedos mágicos para dejarla, en minutos, sin ropa. Así, en un todos contra todos, terminaron tendidos en cualquier parte con la carne embadurnada de jugos, babas y sudor.
Wang Lung, entre los matorrales, no se perdió detalle. Su cuerpo era penetrado, una y otra vez, sólo por un deseo: el placer de la venganza
VII
Todos habían salido. Era lo que esperaba. Recorrió cada casa buscando fotos de los Jóvenes. Reunido el material regresó a la cocina. Dejó las fotos en un cajón y fue hacia la cámara frigorífica. Con la cacería restringida el lugar estaba semivacío, pero los cortes que había eran suficientes para la receta de los números.
Descolgó una pierna y un brazo, los llevó hacia la sierra y fue desgajando los miembros, una y otra vez, hasta formar nueve porciones. Luego, con el cuchillo de punta fina, hizo una incisión en cada pieza y las fue mechando con las fotos. Antes debía plegarlas tres veces; mientras las enterraba en la carne cerró los ojos, inclinó la cabeza y musitó en su idioma un rezo que iba descifrando del cuaderno. Repitió el mismo ritual con cada foto.
Faltaban unas gotas de sus fluidos corporales, que debía agregar a cada incisión. Lágrimas le sobraban, porque desde que empezó la preparación, las deidades, que desfilaron ante sus ojos, lo emocionaron. Las gotas de transpiración cayeron, una a una, desde su frente Según las indicaciones, debía hacerse un corte en el dedo mayor de la mano derecha; luego, dejar que algo de sangre penetre en la tétrica boca que se abría en las porciones. También agregó su lluvia dorada. Sólo faltaba el líquido seminal. Era lo más complicado. Trató de relajarse, suspiró; pensó en el bosque de bambú y la inocencia de Son Ling. Resultó intenso; el liquido cayó en el cuenco de su mano y de allí lo fue distribuyendo; también agregó saliva, que era lo que faltaba. Con hilos de piel suturó cada porción de manera que, sus jugos y las fotos, se sazonen en la carne.
El último paso consistía en otro cántico. Luego, debía enterrar los matambritos en cada uno de los colchones; lloró mientras mascullaba el rezo final. Sus lágrimas develaron a las deidades con ojos de fuego que, en un andar espectral, rodearon los nueve trozos de carne. Lanzaron invocaciones que hicieron temblar a Wang Lung. Los lamentos reclamaban la presencia de lo que No es, de la No vida.
Al final de la receta se leía: “Quien recurre a la venganza está fuera de toda salvación; sólo la maldad tendrá cabida en su alma”.