La mayoría de las personas malgastan su vida corriendo tras el deseo y la posesión de aquello que, creen, los hará felices: no es mi caso.
Un día, igual a todos los días, papá nos abandonó; sin otra opción, mamá debió llevarme con ella al hospital de veteranos. Atendía a sus pacientes mientras yo dibujaba en la oficina, cuando me aburría la acompañaba en la recorrida, a veces, me pedía que la esperara en el pasillo, desde allí escuchaba los lamentos. Las monjas habían dicho que no era sitio para un niño, pero se acostumbraron. Así, mi infancia transcurrió entre uniformes, los del hospital y los de la escuela. Fue una época agradable, sólo empañada por una extraña sensación.
Era apenas un adolescente cuando empecé a convivir con la acuciante idea de que poseía más de lo necesario. Como si algo ajeno se colara ante al espejo, frente a mis ojos, entre mi sombra. Mi madre empezó a preocuparse por los encierros y la falta de amigos, dedujo que estaba enamorado: “Cuando llega el amor, llega el sufrimiento”, dijo. Pero, ¿quién podría enamorarse de mí? Si soy en extranjero atrapado en la abundancia de mis formas.
Ese invierno colaboré como voluntario en el hospital. Mamá quería que me pareciera a los demás e hizo los arreglos; cuando reuní una pequeña cantidad de dinero, producto de las propinas, concreté una compra que fue el principio de todo. Elegí un espejo para verme de cuerpo entero y abandonar las miradas furtivas en las vidrieras de los comercios. Al fin dejaría de mirarme por partes en el pequeño espejo del baño.
Comencé a buscar información sobre personas con prolongaciones y, salvo algunos cuentos extraños, no halle nada serio. Leí sobre malformaciones y cirugías selectivas, pero seguí sin encontrar respuestas, tampoco sabía bien qué buscaba. Las pocas veces que intenté hablar sobre las prolongaciones, recibí sonrisas como respuesta.
Fue por esa época que mamá se apareció con la idea del psiquiatra, a esa altura yo iba mal en los estudios y apenas salía de la habitación. Lo hice por ella. El psiquiatra me atendió durante un año y su medicación logró que me babeara todo el día, además fui obligado a hablar de un padre que ni siquiera recordaba. Una vez logré contarle sobre mis horas ante el espejo y las cirugías reparadoras, él dijo que era normal a mi edad y volvió a la carga con mi padre. En acuerdo con mamá, dejé la terapia y los remedios, también dejé de babear. Tiempo después, mamá murió en un accidente de tránsito.
En el vacío de la casa, era mi habitación el único lugar donde me sentía protegido. Salía una vez al mes para cobrar el dinero de la pensión. Algunos conocidos del pueblo, que intentaron reanimarme, de a poco abandonaron las visitas. Sin mamá, sin el psiquiatra y sin gente merodeando mis ideas empezaron a aclararse. Los libros me ayudaron.
No eran partes de un parasitario hermano siamés, ni resabios de alienígenas, tampoco protuberancias o apéndices; nada de eso. Era tan simple que nadie, ni yo mismo, lo había advertido.
Supe que un médico escocés tenía la cura para mi mal, pero Escocia estaba lejos y yo con el dinero apenas llegaba a cubrir los gastos mínimos. Dicen que uno es hacedor de su propio destino.
El espejo gritó su verdad. Esas cosas rastreras que salen de mi cuerpo para llevarme como esclavo, son, sin lugar a dudas, las causantes de tanto padecimiento. La naturaleza se equivocó conmigo. Necesito ser yo mismo, estar completo… es eso, creo que hallé la clave. ¡Qué mi cuerpo sea fiel a lo que veo! El que se asoma al espejo no es igual a mí. Debo actuar de inmediato. Así mi vida será normal por primera vez, será la vida que siempre soñé.
El hospital de veteranos estaba desolado, era un fin de semana largo; las monjitas, viejas amigas, me dejaron pasar sin problemas. Para llegar a la sala de cirugía, debía desplazarme hasta el fondo del pasillo; los pantalones, holgados, flamearon por mi andar apurado y las corrientes de aire que se colaban desde las habitaciones vacías. Pensé en concretar mis planes allí, pero temí a las interrupciones, por lo que opté por cargar el bolso con todo lo necesario y volver a casa.
Encendí la radio y la dejé con el volumen máximo. Preparé todo en la mesa de la cocina, aunque a último momento cambié de idea y mudé el instrumental a la bañadera. Tragué de un golpe casi media botella de whisky y unas pastillas para relajar los músculos, me quité los pantalones, apliqué un anestésico local y, mientras aguardaba unos minutos para que el cóctel actuara, hice los dos torniquetes. Pensé en todo lo bueno que me esperaba: dejar de ser un hombre incompleto.
El ruido de la sierra me estremeció… y el dolor… grité hasta arrancarme la voz; como pude, sostuve la sierra, pero mis manos temblaron y se nubló la mirada; no podía fallar… las lágrimas se quedaron al borde de los ojos, atacadas por la lluvia de sangre que salpicó todos los rincones. La deformidad se aferraba a un tendón, con el último aliento la corté; la sierra, empecinada, siguió su faena, traté de llevarla hacía el otro tentáculo; tuve que presionar para calar los huesos… ya no pude más… la hoja giró sin rumbo, hambrienta de mis muslos; quise arrojarla de la bañadera, pero la sangre, que me enceguecía, hizo que tomara la máquina por el filo, el ruido se alteró más de una vez… no sé… pero ya no tuve dedos y la otra mano buscó desesperada asirse de los bordes de la bañadera para salir. Me pregunto cómo lo hice, pero me encontré tirado en el piso, ensangrentado, al borde del colapso, y feliz. A pesar del daño en mis manos, logré liberarme de los tentáculos. Es lo que alcancé a balbucear.
El alboroto de la calle entró a la casa. Escuché voces y golpes de puertas. A pesar del entumecimiento, celebré mi continuidad en el mundo. Soy yo, soy un hombre completo. Y ellos, qué saben: “¡El loquito se cortó las piernas, se cortó las piernas!”, gritaron, con sus rostros de chusma asomando en hilera por la puerta del baño.